domingo, 10 de noviembre de 2013

COLUMNA: EL BUEN SALVAJE

La discreta reconciliación

Sandro Bossio Suárez

La última producción literaria del Nobel peruano Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, es una novela que, pese a todo lo que se ha dicho de ella, tiene enormes cualidades que merecen la pena sopesar. En general, es una novela que nos acerca a un íntimo mundo de reencuentros, y he ahí su primer valor. Se trata de un voluminoso libro, un dilatado microcosmos, donde convergen los personajes más emblemáticos (y los más ubicuos) del escritor. Tenemos, en primer lugar, a los entrañables Lituma y los Inconquistables, a quienes conocimos en los primeros cuentos del autor y, sobre todo, en La casa verde, de donde fueron traslapados, en los noventas, a Lituma en Los Andes.
Por las páginas de este libro se pasean también personajes enternecedores, como don Rigoberto, el de los cuadernos; Lucrecia, la de las contemplaciones erógenas; y Fonchito, el de la madrastra y la luna. Encontramos también al comisario Silva (“gordo, retaco y de bigotes”) convertido ahora en capitán después de haber descubierto al asesino de Palomino Molero cuando era apenas un teniente.
A pesar de que no aparecen con sus nombres y rostros, hay también otros personajes reconocibles, como el fiel Ambrosio Pardo de Conversación en la Catedral, que asoma ahora reencarnado en el cuerpo de Narciso, el leal chofer de don Ismael Carrera.
De ese mundo reconocible, de sus riquísimas y variopintas «imágenes de la resistencia, la rebelión y derrota del individuo», está lleno este nuevo libro. La diferencia radica en que las ciudades (Piura y Lima) por donde los actores se mueven son ahora unas ciudades modernas, adelantadas, radiantes, muestra presuntuosa de la nueva situación económica por la que atraviesa el Perú.
Por ello, es claro que Vargas Llosa nos presenta este relato a la vez truculento y humorístico, caricatura de negros dramas familiares, como testimonio de su propia reconciliación tanto con el Perú como con sus demonios paternales. En efecto, encontramos no ya un país carcomido por la corrupción castrense, por la violencia, con un futuro incierto y siempre oscuro, sino una patria nueva, progresista, segura de sí misma, plagada incluso por un nuevo tipo de delincuencia nacida de su nueva posición social: bandas organizadas y sicariato.
Pero también está la reconciliación con su propio padre. Haciendo un seguimiento a sus personajes, caemos en cuenta de que, en sus obras anteriores, la figura del padre machista, inmoderado, inicuo (como fue el suyo), aparece constantemente. Ahí están el padre de Ricardo Arana, don Fermín Zavala “Bola de Oro”, Augustín Cabral “Cerebrito”. Sin embargo, a partir de Travesuras de la niña mala, vamos encontrándonos con padres mucho más ennoblecidos, más humanos, que llegan, como en el caso de esta última novela, incluso al sacrificio para mejorar la condición de sus hijos. Así tenemos al padre de Felícito Yanaqué, y a éste mismo, que son capaces de desprenderse de sus orgullos con tal de terminar en paz con sus vástagos.
En el plano narrativo, Vargas Llosa apuesta por contar esta historia en clave de melodrama no exenta de humor. Y ahí está el otro valor: es una novela que debe leerse con una sonrisa, sin creérsela mucho, porque está llena de guiños risueños. ¿Pero Vargas Llosa no apuesta en este libro? Por supuesto que sí y mucho: nos hallamos nuevamente con saltos temporales, diálogos cruzados en el tiempo, monólogos, cambios en los puntos de vista.

Lo dijo Borges, «Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo», y de eso trata precisamente la novela: de los laberintos que nuestro país tuvo que atravesar para llegar a donde llegó y de los laberintos del propio hombre por alcanzar su destino.

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