martes, 12 de febrero de 2013

“Los mataperros” no son pícaros


Daniel Gutiérrez Ventocilla



Cuando apareció “Los mataperros” causó un impacto colectivo por tres razones: la primera es que el título, por ser sugestivo, nos dibuja una sonrisa disimulada, motivándonos a ojear y leer, aunque el primer nombre que tuvo, cuando el texto apenas era un manuscrito —que el autor me dejó ver—, es el que considero más apropiado: “Me llamo Ángel, pero soy un diablillo,” debido a que la novela está dirigida a un público preferentemente juvenil.
La segunda se debe a que con la trayectoria del autor, Héctor Meza Parra, con su pluma amena, ágil y refrescante, aprendemos que las cotidianeidades de la vida pueden ser una gran aventura.
Como tercera razón los capítulos pueden ser leídos de forma continua o aleatoria, el lector no pierde el hilo temático. Por ello, nos da la sensación de ser una novela compuesta de cuentos enlazados.
Cuando escuchamos la palabra “sirena” (refiriéndose a la mitología), podría jurar que, en la mente de muchos, se dibuja una imagen femenina perfectamente delineada hasta la cintura, y con la extremidad inferior como la de un pez. Pero si vamos al diccionario de la Real Academia, encontraremos la descripción: «Ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes. Algunos artistas la representan improvisadamente con torso de mujer y parte inferior de pez». Cito este hecho porque muchos calificaron a “Los mataperros” como “picaresca”, teniendo en cuenta la travesura de los personajes. Mejor analicemos la terminología.
Luis Alberto Sánchez, describiendo a la novela picaresca dice: «Refiere la vida pintoresca de truhanes, ampones, tahúres, vagabundos». Cuyas novelas emblemáticas son “Lazarillo de Tormes”, “La pícara Justina”, “Rinconete y Cortadillo”, entre otros.
En “Los mataperros”, solo el capítulo “¿Quién conoció a la señora Graciela Baylón?”, los protagonistas cumplen con estos perfiles ya descritos, pero no es suficiente para encasillarlos en ese canon. Pues, aunque toda la novela tuviera personajes picarescos, ya no se les llamaría como tal, pues este género se desarrolló como parodia de los personajes caballerescos de la literatura, (el Quijote, el Cid, los Nibelungos, etc.) contraponiendo los valores: cobardía–valentía, pesimismo–optimismo, robo–honestidad, complicidad–lealtad, y más.
Eso no significa que los pícaros desaparecieron de la literatura, solo se han mudado de género con características menos jocosas, pero más optimistas, así tenemos a los siguientes niños: Oliver Twist, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, aunque con tono melodramático, dignos personajes de la literatura realista.
Por todo lo expuesto no podemos catalogar a “Los mataperros” como “pícara”, sino como “biográfica–anecdótica”, ya que, recurriendo a la remembranza, describe (en primera persona) las travesuras, con final infausto, de tres niños que se exponen a diversas situaciones riesgosas, enarbolando la lealtad como estandarte de amistad sincera, lejos de la recreación individualista y adictiva de los juegos tecnológicos, motivados solo por el afán de explorar el mundo circundante con métodos improvisados e ingenuos, como los del entrañable Zezé en “Mi planta de naranja lima”.

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