martes, 20 de noviembre de 2012

Solo 4, “444”, del 17 de octubre de 2012, año IX


EDICIÓN CONMEMORATIVA 444


LA CITA:

« Decir que todas las culturas son igualmente respetables equivale a afirmar que da lo mismo cruzar un río por un puente que en balsa o andando por el fondo con una piedra pesada en los brazos.»

Fernando Savater

EDITORIAL: ¡Hoy somos 444 ediciones!


En “Solo 4”,  con este número conmemorativo, queremos agradecer a todos nuestros lectores, quienes cada fin de semana nos siguen y nos han situado como el medio cultural líder de nuestra región.
Desde hace más de 9 años, “Solo 4” les ofrece los más variados artículos y crónicas, y todas se las debemos a personas que desde un inicio nos han apoyado: Héctor Mayhuire y Arturo Campos, Director y Gerente de Diario Correo, perduran avalando este proyecto para que podamos continuar en la brega.
Josué Sánchez, Jorge Jaime, Sandro Bossio, y Juan Carlos Suárez, columnistas, amigos incondicionales y hoy pilares de nuestras ediciones.
Agradecemos a Luis Cárdenas Raschio, inolvidable, Alberto Benza, Diana Casas, Jhony Carhuallanqui, Carlos Mendoza, Roberto Loayza, Isabel Córdova, Manuel Perales, Pio Altamirano, Carlos Villanes, Máximo Orellana, Zein Zorrilla, Esteban Quiroz, Juan Carlos Lázaro, Alberto Chavarría, Pedro Guillén, Apolinario Mayta, Katerine Retamoso, Willy Mateo, y muchos intelectuales más, que han aportado significativamente al desarrollo de nuestro suplemento. Y por supuesto, no podemos olvidar a los editores que nos antecedieron: Jaime Bravo, Edvan Ríos y Fernando Rojas.
Esta es una edición de colección, ocho páginas por nuestras 444 ediciones.
Además, presentamos oficialmente a los ganadores del I Concurso Nacional de Cuento “Premio Solo 4”, convocado el marco de las festividades por los 50 años de fundación de Diario Correo de Huancayo, y como parte de las celebraciones por nuestra edición 444.
Hoy festejamos nuestras más de 1800 páginas escritas, más de 4000 artículos publicados, y nuestros más de 200 colaboradores que han hecho posible llegar hasta esta edición. ¡Gracias!

Los cuentos ganadores del “Premio Solo 4”


Juan Carlos Suárez Revollar



Una de las cosas más gratas de ser parte de la organización de un concurso literario es que, además de lograr un buen número de participantes, se dé a conocer relatos de altísima calidad. Es el caso del primer concurso de cuento “Premio Solo 4”, cuyos tres miembros del jurado —Isaac Goldemberg, Fernando Iwasaki y Eduardo González Viaña— avalan con su destacada trayectoria la elección de los trabajos ganadores, que se publican por primera vez en esta edición especial número 444.
El cuento triunfador es “Familia de cuervos”, de Augusto Effio Ordóñez (1977), un escritor huancaíno asentado en Lima desde hace varios años. Se trata de un relato fantástico que sigue el estilo característico de su autor: personajes insólitos que viven al margen y cuya historia se asienta sobre el uso de una cuidada técnica y un lenguaje vigoroso.
No es su primer relato de esta naturaleza. Autor de los volúmenes de cuentos “Lecciones de origami” —cuyo cuento principal le dio el Copé de plata en 2004— y “Dos árboles y otras formas de internarse en la niebla” —fue finalista del Premio Internacional Juan Rulfo con “Dos árboles”—, Effio Ordóñez sitúa varios de sus cuentos en San Cristóbal, una ciudad provinciana imaginaria, que siguiendo la línea de Yoknapatawpha de Faulkner, Macondo de García Márquez o Santa María de Onetti, se enriquece con cada nueva historia, cada nuevo personaje, y pincelada a pincelada, va ampliando sus fronteras hasta hacerse tangible como las ciudades verdaderas.
Pero si bien “Familia de cuervos” comparte el aliento de estos cuentos, no tiene, en cambio, una ubicación geográfica determinada. El peculiar retrato de cada miembro de esa familia, con ironía y fino humor, hace que la tía Olga se muestre como la más normal de todas, aunque a todas luces es ella, en realidad, el personaje marginal. Se trata de uno de los mejores cuentos de Effio Ordóñez, escritor que, me apuro en afirmar, es el cuentista más talentoso que ha dado Huancayo.
“Balacera”, el segundo lugar, obtenido por Luis Palomino Castillo (Lima, 1991), hace un contrapunto de los diálogos de una pareja. Es un cuento en que ambos personajes-narradores relatan su historia a un(os) oyente(s) ficticio(s) cuya única participación es escuchar. La técnica narrativa, matizada por la psicopatía de los protagonistas y el desparpajo con que lo cuentan, le da mucha originalidad. Hay una jerarquía similar entre los dos narradores. El éxito del cuento estriba en su correspondencia para trazar la historia. Este texto refleja un promisorio futuro de su autor, un joven estudiante de periodismo, a quien habrá que prestar especial atención, en particular a su primera novela, todavía en redacción. 
El tercer lugar, otorgado al escritor Héctor Meza Parra (Jauja, 1963) por “El escudo”, es un simpático relato autobiográfico que recrea, en clave de ficción, un episodio de la adolescencia del autor. Tras la aparente simplicidad del relato destacan una serie de similitudes y contrastes —por ejemplo, entre las letras idénticas del escudo y el parecido físico entre el padre y el hijo—. Pero hay más, como el viaje emprendido por el protagonista para conocer a su padre y reclamarle el tiempo perdido, que es una suerte de retorno al pasado y, como en las novelas de aprendizaje, significa una dislocación en la personalidad del adolescente que lo obliga a madurar. Meza Parra recurre al humor —más oscuro de lo habitual, tan diferente de sus otras historias, como la divertidísima novela “Los mataperros”— para hacer un ajuste de cuentas con sus recuerdos.
Los tres cuentos ganadores, además de los cuatro finalistas, son una muestra del buen momento que atraviesa la actual narrativa de nuestro país. Nos llena de orgullo que varios de ellos compartan la misma tierra de la región centro como lugar de origen. Saludamos al “Suplemento Cultural Solo 4” por su edición 444 y al diario Correo por sus 50 años, pues fueron el feliz pretexto para la realización de este concurso, cuyos ganadores aportan con una ráfaga de frescura a nuestra literatura.

MÁS DATOS:

Esta es la lista de ganadores y menciones honrosas del “Premio Solo 4”:
Ganadores:
Primer premio: “Familia de cuervos” de Augusto Effio.
Segundo premio: “Balacera” de Luis Francisco Palomino Castillo.
Tercer premio: “El escudo” de Héctor Meza Parra.
 Menciones Honrosas:
“Cabalgando en el rayo” de Kevin Mendoza Villafuerte.
“Subterráneo” de Roy Alfonso Vega Jácome.
“Declaración ex post” de Erwing  Juan Miguel Ruiz Flores.
“Querida Myriam” de Marlon Enrique Caro Ojeda.

COLUMNA: EL BUEN SALVAJE


444… Y es el inicio

Sandro Bossio Suárez

Hace poco vi una película, relativamente buena, que tiene como centro dramático al número 444: a esa hora de la madrugada el mundo acabará. La narración es lenta, el ambiente claustrofóbico, las situaciones desesperantes. Un viejo actor (un imponente Willem Dafoe) y una joven pintora (una suave Shanyn Leigh), al saber que se acerca el final, deciden pasar sus últimas horas encerrados en su departamento de Nueva York. Ella está tranquila, es budista, espera con resignación la muerte. Él, en cambio, está desesperado, no termina de aceptarlo y espera un milagro. Mientras tanto, a través de Internet se van comunicando con los amigos, familiares, conocidos,  incluso con personas ajenas que han formado comunidades de rezos masivos, cánticos, suicidios múltiples. Un film ciertamente apocalíptico.
Pero el 444 no sólo es presagio del fin del mundo. También lo es del inicio, de la renovación, y por ello lo prefiero cabalísticamente así: en el año 444 San Patricio fundó la ciudad irlandesa de Armagh y, también 444 años antes de nuestro tiempo, cuando Artajerjes, rey de Persia, subió al trono, Daniel anunció una época de renovación con la llegada de un mesías.
Renovación como la que se vislumbra con esta edición del suplemento cultural “Solo 4”, que continúa creciendo, rebrotando, ganando seguidores todas las semanas. 
En estos largos nueve años el suplemento ha sido una cantera de crónicas, entrevistas, notas, bitácoras, críticas, balances, y se ha convertido en un verdadero torrente luminoso de columnas, testimonios y homenajes.
En este tiempo el semanario ha cambiado, se ha nutrido con nuevos críticos y comentaristas, y se ha convertido en el único continente peruano (y uno de los pocos hispanoamericanos) de microcuentos. 
Sin embargo, algo permanece incólume desde su primer número: “Perfume de mujer”. Más de 444 escenas eróticas (y decimos más porque tuvimos un especial de literatura erótica donde sacamos una página con decenas de estas maravillas) arrancadas con sutileza de las más grandes obras literarias de la humanidad.
Pese a todo, a quienes desde el principio esperaban el final de nuestras páginas, vaticinamos más espacios lustrales, más brillo, más conocimiento para nuestra región. ¡Salud “Solo 4”!

Cuando la calidad se impone


Isabel Córdova Rosas, desde Madrid



«La cultura no es patrimonio de un grupo, es de todo el pueblo» y esta sentencia se aplica en el Suplemento Cultural “Solo 4”, del prestigioso “Diario Correo”.
Nace a mediados de julio de 2003. Desde entonces han pasado notables profesionales dirigiendo este medio cultural. Cabe mencionar al destacado periodista Juan Carlos Suárez Revollar, que impulsó este suplemento, llevándolo con seriedad y responsabilidad.
Desde hace dos años, “Solo 4” se ha propuesto continuar y ahondar más en esta importante difusión cultural, invitando a los escritores, poetas, pintores, directores de teatro, artesanos, folcloristas, músicos, historiadores e investigadores, con la finalidad de revalorar y dar a conocer el desarrollo de la cultura de esta parte del Perú.
Su extraordinaria participación traspasa las barreras de las ciudades, va más allá, a los pueblos alejados, olvidados por nuestros gobernantes. Pero “Solo 4” está presente en los hogares más necesitados. Imprescindible en las escuelas donde no llegan los libros y los profesores lo utilizan para desarrollar el plan lector y a un precio mínimo, asequible a estas familias humildes, pero con ansias de conocimientos. 
Gracias a “Solo 4”, estos niños y jóvenes se abren a la vida y al futuro. Enterándose de nuestra historia, de las producciones de grandes escritores, artistas, artesanos y folcloristas, permitiéndoles ampliar sus horizontes intelectuales, traspasando las barreras geográficas, conociendo diferentes sociedades y culturas. Y con el valioso aporte del “Diario Correo”, los pobladores se pondrán al día de los acontecimientos más trascendentes en lo político, social, económico y religioso.
La difusión de estos conocimientos hará que los niños y jóvenes de estas zonas lleguen a tener una concepción más amplia de su región y del país. Además, tendrán una visión clara de su realidad local y se sentirán orgullosos de tener una historia,  costumbres, mitos, leyendas, creencias y tradiciones orales, y que en un futuro próximo, se convertirán en grandes emisarios literarios de sus pueblos. 
Al respecto, alguien dijo: «El niño que hoy lee será un adulto que piense». Sabemos que la falta de cultura es un caldo de cultivo de la violencia, el racismo, la insensibilidad, la intolerancia, la discriminación y la soberbia.
Luis Puente de la Vega Rojas, editor de “Solo 4”, es un sobresaliente gestor cultural, su apoyo incondicional a las diferentes actividades culturales que se realizan en nuestra incontrastable, es digno de mención: exposiciones pictóricas y fotográficas, presentaciones de libros, talleres de pintura y literatura, presentaciones musicales, festivales de cine, concursos literarios, donaciones de libros y otros importantes eventos.
Su juventud, entusiasmo y el amor por nuestra tierra  Wanka no tiene parangón. El año pasado convocó  al I Concurso Nacional de Microcuento “Premio Solo 4”, teniendo una maravillosa acogida por los creadores de nuestra región, y como él mismo afirma: «Microcuento es lograr inventar una historia y narrar sólo su esencia».
Este año convocó el I Concurso Nacional de Cuento, “Premio Solo 4”, obteniendo un rotundo éxito. Se presentaron 429 escritores del Perú y del extranjero. El jurado estuvo integrado por connotados escritores: Eduardo Gonzáles Viaña, Isaac Goldemberg y Fernando Iwasaki. Un certamen lleno de calidad desde su formación.
Nuestras felicitaciones a “Solo 4” y a su edición 444, por entregarnos cada sábado los acontecimientos culturales más importantes de nuestra región. En Madrid, somos los primeros en leerlo y gracias a internet, nuestros compatriotas de España y del mundo, pueden enterarse de los sucesos culturales de la región Central y del Perú.

COLUMNA: DESDE AL ATELIER


Dos pintores frente a la muerte

Josué Sánchez Cerrón

Pintura: Valentine – Por: Ferdinand Hodler.

Ferdinand Hodler nació en Bern Suiza, en 1853. Junto con Arnold Bocklin, encabezó la vanguardia pictórica suiza del siglo XIX, siendo influido por Corot y Courbet. De estilo llano y lineal, se sintió atraído por el simbolismo y el Art Nouveau. A partir de 1895 abordó temas históricos y mitológicos en cuadros de gran formato, como los que se conservan en la Universidad de Jena y en el Ayuntamiento de Hannover.
En 1893, el Kunsthaus Zürich, uno de los más importantes museos de Suiza, que mantiene una exposición permanente de un significativo número de obras de Hodler, realizó una muestra de la totalidad de las obras de este gran pintor conservadas en otros museos del mundo, como punto culminante de una gira que incluyó con anterioridad Berlín y París.
Pintura: Otilia Mayo – Por: Florentino Cabrera.
Fue entonces que tuve ocasión de apreciar su obra. Dibujo impecable, pureza de líneas y una profunda ternura en el tratamiento de los personajes caracterizan, por lo general, su expresión plástica. 
Una serie de dibujos y pinturas que recogen la agonía y la muerte de su esposa Valentine, me resultaron particularmente inquietantes, Hodler había logrado captar la dolorosa soledad de la muerte, la pérdida paulatina de la conciencia y los precisos momentos en que, como diría Rulfo, el tenue hilito de sangre que ataba a Valentine a la vida habíase roto.
¿Qué motiva efectuar una crónica tan descarnada de la muerte de un ser querido? ¿El deseo de apresar su memoria? ¿De exorcizar a la muerte? ¿De conjurar la propia agonía?
Lejos de ahí, en otro continente, muchos años después, otro pintor hacía lo mismo. Era 1970, Otilia Mayo moría, y su hijo, Florentino Cabrera, casi tan agonizante como ella, deslizaba su grafito sobre el papel, registrando cada momento de la amada vida que se escapaba.
Nacido en Huancayo en 1942, Cabrera es uno de los pintores más versátiles de su generación. Lo rural y lo urbano, las costumbres, el paisaje y el retrato: todo está presente en su luminosa pintura. Es de resaltar su dominio de la técnica y particularmente del retrato. Así como su recurrencia en el tema femenino.
Para Cabrera la figura de la mujer evoca las virtudes mayores del ser humano: el amor, la ternura, la laboriosidad, la fuerza interior. Como es de esperar, la madre resume todas ellas.
Dos pintores. Dos mujeres. El amor. La muerte. Y la creación. Cuando el ser que se ama muere y la muerte se convierte en pintura el resultado es un estremecedor documento humano.
Hoy, Florentino Cabrera Mayo descansa al lado de su madre, nos quedan el grafito, el pincel y sus recuerdos que dibujaron la vida.

SALUDOS POR LAS 444 EDICIONES:


Hace 444 semanas

Héctor Mayhuire Castro

Hace 444 semanas pregunté: «¿Pueden hacer un suplemento cultural?». 4 amigos me respondieron que sí, y así nació “Solo 4”. A todos ellos y quienes continuaron con el paso del tiempo colaborando con nuestro suplemento, mis felicitaciones. ¿Cuándo morirá?, no lo sé, pero todo es posible.


444 razones más

Carlos Villanes Cairo



¿Qué está pasando en el Perú que la cultura tiende a convertirse en la sobra del festín de los políticos? Deja morir de hambre a sus poetas, mientras permite que plagiarios como Bryce no respeten la ética por un puñado de dólares. Con tantos periódicos, en Lima y en provincias, no hay un solo suplemento literario, salvo Solo 4 de Huancayo, voz vibrante ante la orfandad y la indiferencia. Por eso y por 444 razones más, estrecho mi corazón wanka con quienes lo hacen posible. Felicitaciones.



Muestra de juventud

Gerardo Garcíarosales



“Solo 4” es una muestra que la juventud ha empezado a cambiar viejas bohemias innecesarias. Estamos orgullosos de ustedes. Este es el fruto de la experiencia de algunos mayores, y la calidad de jóvenes profesionales. Saludamos esta creación.  ¡Felicitaciones!



Cuatrocientos cuarenta y cuatro

Enrique Ortiz Palacios



Fueron cuatro los hermanos que fundaron ese Imperio llamado Tawantinsuyu. Cuatro los puntos cardinales que nos orientan cada vez que nos perdemos en el ocaso. Son cuatro las páginas que durante muchos sábados nos brindan la oportunidad de hacernos más humanos, porque SOLO la cultura es el catalizador que empuja y aviva el pensamiento crítico que tanta falta nos hace.

¡Gracias “Solo 4”!


Clodoaldo Reyna

Desde Pariahuanca, reciban el saludo y agradecimiento a todos ustedes, amigos que laboran en el Suplemento Cultural “Solo 4”. Gracias a ustedes nuestros estudiantes, niños, niñas y adolescentes, olvidados por el gobierno, tienen una opción más para disfrutar de la lectura, y conocer más sobre nuestra cultura.
Un abrazo a la distancia y ¡sigan adelante!

PREMIO SOLO 4: PRIMER LUGAR


Familia de cuervos

Augusto Effio Ordoñez

Mi tía Olga ha sido, desde siempre, la rara ave de la familia de cuervos en la que crecí: distraída, amable, frágil y, sobre todo, ajena a los reproches. Nadie como ella para mantenernos a salvo de lo que merecemos. El tío Alfonso, por ejemplo, dejó su puesto en el gobierno entre rumores de festines y desfalcos, y pasó un par de meses protegido por su hermana antes de que se lo tragara la tierra. También Gonzalo, el mayor de los primos, que nadie sabe cómo es que se graduó de médico, fue acogido por Olga cuando se descubrió su gusto por dejar gasas y tijeras en los cuerpos de sus pacientes. Ni qué decir de su providencial intervención para salvar a Casilda, disciplinada usurera de memoria antojadiza, que olvidaba anotar los pagos de sus clientes hasta que una vecina con cierto talento para las sumas y restas se negó a seguir pagando cuotas repetidas, y tomó costumbre de esperarla en la puerta de su casa con un hacha. Y así, tarde o temprano, todos los cuervos hemos recurrido a ella cuando nos urge un poco de clandestinidad. Por eso, cuando Óscar dijo que debía esconderme por un tiempo, todos coincidimos en que ella era mi única alternativa de refugio. Oscar es mi abogado y, desde que firmé esos papeles en el Banco donde trabajaba y trasferí dinero que no me pertenecía a mis cuentas, quiero creer que es mi mejor amigo.
Mientras hacía mis maletas, traté de hacer un inventario de los brumosos recuerdos de los días que viví junto a la tía Olga. En casa de los abuelos, sólo reparábamos en su presencia cuando un cólico, vinagrera o mal de ojo nos impedía seguir con nuestras vidas. Ella servía infusiones de hierbas arrancadas del jardín con una mezcla de ternura y resignación. Sanado el cuervo de turno, volvía a ser ignorada. Recordé, además, que no se despegaba de Dalila, la gata obesa y altiva que la abuela le regaló para que le hiciera compañía. De un día para otro, Olga anunció que se casaba con un tal Fermín Zúñiga, el vendedor de enciclopedias al que el abuelo, el cuervo mayor, había embaucado con doce tomos del imperio romano que nunca tuvo pensado pagar. Se enamoraron porque ella era la encargada de espantar sus cobros. Nos alegró que dejara la casa para irse a vivir con el tal Fermín, en especial porque ya nadie soportaba que los sillones de la sala, colonizados por el eterno cansancio de Dalila, nos dejara la ropa olorosa a algo parecido al azufre. Las contadas noticias que nos llegaron de su nueva vida fueron objeto de la ruidosa sorna de los cuervos. Sus hijos fueron bautizados como Teodosio, Pompeyo, Uránida y Constantina. Ni la gata se liberó del apetito de erudición del vendedor de enciclopedias. En una de sus última visitas, la tía nos contó que habían decidido llamarla Augusta.
Llegué a casa de Olga un domingo en la noche. Me recibió una sombra en bata que se limitó a mostrar pasadizos y puertas abiertas. Esa madrugada la pasé sin pegar un ojo. No es que el remordimiento me arrojara al desvelo, de ninguna manera. Es que la habitación que me asignaron, llena de trastes y oscuridad, me pareció inundada por un ligero amago de hedor, de pestilencia postergada que no lograba identificar. Callé porque sabía que no estaba en posición de dejar asomar ninguna queja. A la mañana siguiente, el soplo avinagrado que me dio la bienvenida se expandía por toda la casa. Era la hora en que se desperezaba para tomar nuevos bríos de pestilencia. Mientras sorbía el desayuno sin el menor apetito, una veintena de gatos salió de la nada para acomodarse alrededor de la mesa. Fueron presentados como los hijos de Augusta. Olga trató de indicarme sus nombres estirando un índice huesudo y deforme. Como todos repetían los mismos nombres rebuscados de sus hijos, solo los distinguí por sus pelajes: pardos, negros, grises, blancos. Con el paso de los días descubrí que ella los cuida con más dedicación que a sus hijos y esposo. En realidad, sería más exacto decir que los verdaderos dueños de casa son ellos, los gatos: meneando sus colas y sus ojos impacientes mientras toman una merienda a cualquier hora del día, durmiendo falsas siestas sobre el piso, la mesa, los platos o los obedientes regazos de los Zúñiga y, sobre todo, defecando donde les viene en gana, bajo la sombra protectora de los ojos llenos de amor de mi tía.
Le pedí a Óscar que llamara de madrugada para ponerme al tanto de los avances del juicio. No vayas a salir de esa casa, te están pisando los talones, me advirtió. Si puedes, aprende a jugar con ovillos de lana, agregó, como si la situación estuviese para bromas. Era la única persona que escuchaba mis quejas y debía estar cansado de mis lamentos de asilado en la enorme caja de arena que es la morada de los Zúñiga. Al inicio hice el esfuerzo de sobrellevar la mala digestión y los vapores de cansancio de los gatos —sabía que me convenía tenerlos de mi lado—, pero fueron ellos los que me declararon la guerra. Orinaron mi almohada, rasgaron mis zapatos y tumbaron mi lámpara tan a menudo que, finalmente, me acostumbré al brillo de sus ojos como la única luz tolerable. Un mal día junté el coraje para decirle a mi tía todo lo que pensaba de esos animalejos. Apenas terminé supe que había cometido en gran error. Ella mordió una frase que no terminé de entender. Algo acerca de todos los malagradecidos a quienes había tenido que ayudar. Se repuso de inmediato con una sonrisa limpia y prometió que me prepararía una infusión que me haría ver el mundo de otra manera.
Con el pasar de los meses, las llamadas de Óscar empezaron a distanciarse. Temí que el Banco hubiese atado los cabos necesarios para dar con mi paradero. Igual, estuve atento todas las noches, dormitando al lado del teléfono, arrullado por la fragancia de los Zúñiga. Una de esas madrugadas me pareció escuchar entre sueños los timbrados que ya empezaba a desconocer. Desperté y hallé a los gatos arremolinados en torno al auricular descolgado. Intenté acercarme pero sus maullidos de escarnio me inmovilizaron. Esa noche aprendí a respetarlos. Desde entonces, mi principal ocupación ha sido deambular por la casa siguiendo la ruta de la sombra huidiza de sus colas. Me pregunto por las fechorías que ellos están purgando en las cuatro paredes de donde jamás podremos salir. Al plegarme a sus rutinas, he descubierto el universo que habita debajo de las camas y la ventaja de las uñas largas para rebanar los alimentos. No sé si el encierro me ha hecho ceder al delirio, o son los efectos secundarios de la paz que me prodigan los brebajes que me sirve Olga. Si así fuera, estoy agradecido de saber que mis únicas preocupaciones tienen que ver con la nostalgia por las azoteas que dejé pasar en mi vida anterior, y los mensajes de alerta que provienen de mis bigotes.
Hoy, después de tomar una siesta, despierto con la sensación de estar curado y lloro de alegría cuando mi tía me atrae en un abrazo hacia sus pechos. Con la mirada complaciente de su esposo, me dice al oído: tú, te llamarás Tiberio.


Augusto Effio Ordóñez



Nació en Huancayo en 1977. Ha publicado los conjuntos de relatos “Lecciones de origami” (Matalamagna, 2006) y “Dos árboles y otras formas de internarse en la niebla” (Acerva, 2011). Fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 2007, obtuvo el Copé de Plata en 2004, ganó el concurso de cuentos organizado por Librerías Crisol, en 2003, y fue finalista en tres ocasiones del certamen “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas.

PREMIO SOLO 4: SEGUNDO LUGAR


Balacera

Luis Palomino Castillo

—En serio, lo que más me gustó de la casa fue su iluminación. Tenía unas bonitas arañas colgando del techo. Eran unas luces amarillas que le daban un bonito tono a la sala. Me hacían sentir como en una película. A veces, me quedaba sentada en el comedor observando mi reflejo en el gran espejo que habíamos colgado sobre la pared para que el lugar se viera más espacioso.
—Le tenía miedo al matrimonio. No era algo que yo consideraba necesario. Pero Roberta no paraba de hacerme insinuaciones, ni de hablarme de lo mal que se sentía cuando se daba cuenta de que sus amigas iban dejando de llamar «enamorados» a sus parejas y pasaban a decirles «esposos». A mí me aterraba la idea de que Roberta me llame esposo. No quería ser su esposo. Aquella formalidad, que parecía que la volvería la mujer más feliz del mundo, me desconcertaba.
—Me esmeraba en cocinarle sus platillos favoritos. Si me decía que se le había antojado comer tallarines a lo Alfredo, yo, inmediatamente, iba al supermercado en busca de pastas y de salsa blanca. Por las noches, nos sentábamos en el sofá de terciopelo mostaza que habíamos comprado hacía poco y veíamos películas. Recuerdo que había insistido en comprar uno de tipo leopardo, pero a mí, sinceramente, me pareció ridículamente excéntrico. Para compensarlo, dejaba que él escoja lo que veríamos.
—Agradecía el no estar desempleado. Tenía un trabajo al cual podía ir para no verle más la cara a Roberta. Sin darme cuenta, me fui volviendo adicto. Me quedaba revisando los más mínimos detalles de las finanzas. Rellené mi agenda con actividades innecesarias. Comencé a asistir a actividades culturales. Ella se dio cuenta de que la evitaba. Me acusó de no haber superado por completo la separación de mis padres. Consulté a un psicoanalista.
—Todas las mañanas me pesaba en la balanza. Pasaba mucho tiempo arreglándome. No comprendía la causa de su indiferencia. Conversé con mis amigas casadas. Ellas me decían: «Roberta, nadie ha dicho que la vida de mujer casada sea mejor que la de soltera. Acostúmbrate. Es diferente. Y es necesario». Conseguí un trabajo como analista de recursos humanos. Me acosté con un practicante.
—La primera noche que ocurrió, desperté sobresaltado. Le ordené: «¡Carajo, al suelo!». Eran balas. Definitivamente, balas. Roberta estaba boca abajo, llorando, tirada sobre el piso. No había forma de calmarla. Avancé con cuidado hacia la ventana, aún entumecido por el sueño. Descorrí las cortinas y observé lo que estaba sucediendo. Un grupo de mujeres se peleaba fuera de la discoteca que había frente a nuestra casa. Las rodeaba una muchedumbre de personas. Todos gritaban. Cerca al tumulto, unos muchachos se daban con los puños mientras el sonido de una sirena de policías se acercaba paulatinamente.
—«Esa maldita discoteca», pensé. Tenía un par de semanas de haber sido inaugurada. Volvimos a la cama. Mauricio concilió el sueño rápidamente. Pronto, empezó a roncar. Yo no pude volver a dormir. Me quedé despierta hasta entrada la mañana mirando al techo. Desde entonces, todos los fines de semana fueron parecidos. Ruidos en las madrugadas: mujeres gritando como locas, hombres disparando sus pistolas. Por raro que parezca, de alguna forma, esos desagradables acontecimientos nos hicieron relacionarnos más. Fuimos a quejarnos a la municipalidad y avisamos a la policía. Sin embargo, nada cambió. Una vez, tras haber sido despertados, cogí mi cámara para grabar lo que ocurría. Quería denunciarlo en la televisión. Mauricio hizo de narrador. Era muy gracioso oírlo gritar: «¡Estamos presenciando una balacera!». Al final, cuando quisimos ver el video, me di cuenta de que me había olvidado de presionar Rec. No grabé nada.
—Si bien al principio fue raro, despertarnos en madrugadas fue tornándose odioso. Quería largarme de esa maldita casa. Odiaba a toda esa gente. Le dije a Roberta qué es lo que teníamos que hacer para solucionar el problema. Ella me preguntó si estaba loco. «No», le respondí. «Sólo estoy harto».
—Y una tarde se apareció con un rifle. Acariciaba el cañón con una mirada que me produjo escalofríos. «Tengo otro para ti, está en la maletera del auto», me dijo. No pude contener mi curiosidad y le pedí que me lo mostrara. Nunca antes había cogido un arma. La sensación era indescriptible. Desde ese día, cada noche fue diferente.
—Tío, el trabajo empezaba a deprimirme. Tenía una mujer. Eso resumía mi fracaso. Mis demás compañeros eran solteros. Tenían novias, pero no estaban casados. Vivían solos. Durante la semana, en la oficina, los oía hablar acerca de sus noches de juerga, de lo bien que la habían pasado, y de los autos que tenían en la mira para aparcarlos en sus cocheras. Entonces, un día, decidí ir al trabajo con el rifle. Lo tenía camuflado en un maletín deportivo. Felipe Arias se acercó a mí. Me saludó con su habitual sonrisa de chico exitoso. «Felipe, tengo algo que te gustaría ver», le dije. Ambos caminamos hacia el cuarto de baño. «¿Un nuevo traje para el gym, eh?», me preguntó. «No, cabrón», pensé yo. «No». Entonces, cuando estaba a punto de desenfundar el arma para partirle-la-jodida-cabeza, Carlitos, el hombre de la limpieza, irrumpió dentro y pasó su asqueroso trapo amarillo por los lavaderos.
—Jamás creí que...
—¿Eso no lo puedo contar en vivo? ¿Puedo contar todo lo relacionado con nuestras matanzas pero no puedo criticar a (censurado)? Sí, claro, claro que he leído el contrato.
—Regresó enfadado. Le pregunté si había pasado algo. Me dijo que no, que todo estaba bien. Pero yo conocía su humor. Había algo en él que delataba su fastidio. Esa inexpresividad que solía llevar en su mirada era reemplazada por una profundidad extraña en sus dilatadas pupilas. Verlo fijamente a los ojos era como caer en un abismo.
—Cargaba el rifle en la espalda. Lo tenía sujeto por una pita que rodeaba mi tórax. Entonces, cuando empezó el escándalo, esto fue lo que hice: descorrí las cortinas, posé el cañón sobre el alféizar, observé por el visor y jalé el gatillo. Recuerdo que, inmediatamente después de haber disparado, pensé en los paseos que mi padre me daba cuando era niño en un carrusel que daba vueltas por los aires.
—Un ruido seco me ensordeció. Fui recobrando la percepción auditiva, mientras un agudo pitido iba aumentando en volumen. Se hizo un bullicio aún mayor fuera de la discoteca. Parecían celebrarlo. Sin embargo, nadie miró hacia nuestra ventana. Mauricio giró hacia mí, me ofreció su rifle y me dijo: «Es tu turno». Yo meneé la cabeza y le dije: «No hay forma». Cogí mi rifle, saqué mi cañón por la ventana y disparé. Luego, me quedé temblando. Él me abrazó y me dijo:
—«Todo va a estar bien».
—Esa noche hicimos el amor como unos salvajes. Las noches siguientes fueron iguales. Pero ya no disparamos a nadie. De repente, la pasión fue diluyéndose.
—Nadie se había dado cuenta. La prensa anunció que las muertes ocurrieron por una balacera. Cuando se desconoce lo ocurrido, se culpa al azar. Así pasa en todo. Daños colaterales, balas perdidas. Al cabo de unas semanas, Roberta me preguntó: «¿Quieres hacerlo de nuevo?».
—¿Se puede fumar aquí?

En un set de televisión. Lima, 2 de octubre.



Luis Palomino Castillo



Nació en Lima en 1991. Es un joven estudiante de periodismo en la Pontificia Universidad Católica del Perú y ha sido invitado a participar en el concurso “Lucha Libro” por sus cuentos “Pequeña biografía de Ernest Weigel” y “Russell: un sujeto pigmaliónico”. Actualmente, está escribiendo su primera novela.

PREMIO SOLO 4: TERCER LUGAR


El escudo

Héctor Meza Parra

No era un viernes cualquiera el día en que Saúl conoció a su papá. Acababa de cumplir dieciséis y sobrevivía por inercia a borracheras peregrinas, insomnios crónicos y deudas agobiantes. Al llegar a quinto de secundaria, supo por su madre que tenía a su padre vivo y, para conocerlo, viajó en camioneta hacia Oxapampa. Durante la travesía sufrió los machetazos de una lluvia despiadada, que a los pocos minutos lo redujo a la categoría de estropajo. Para mediodía, al descender el carro por una serpenteante vía de abismos que, por momentos, desaparecía en la neblina, Saúl ya había vomitado tres veces. Cuando llegó, después de ocho horas, saltó de la plataforma, sacudió sus cabellos de rockero y sacó del bolsillo trasero un cartoncito con una dirección: Jr. Mullembruck 316. Al preguntar a un tipo rubio que se escondía del sol debajo de una de las palmeras, le respondió: «doblando la esquina». Sin darle tregua a la tarde, se dirigió a aquella casa de madera que estaba a dos cuadras de la plaza principal. El olor a hierba húmeda que emergía del suelo compensaba su dolor de cabeza. Al dar con el número, intentó tocar la puerta, pero se detuvo por unos segundos a contemplar la ventana. Allí se topó con unos ojos grandes e inquisidores que colisionaron con los suyos. Después de un rato, ambos coincidieron en una venia protocolar. Sin sacar las manos del bolsillo, tragó un poco de saliva y se anunció desde el sardinel. Sin reproches fue invitado al comedor por una mujer bonita que exhibía un lunar ermitaño en el seno. Al ingresar, le esperaba una sonrisa evangelizadora y una mano franca que, al apretarla, sintió la seguridad de que no era hijo del aire.
—Usted debe ser mi papá —dijo.
—He esperado este momento, Saúl. Conversemos. Siéntate.
—Así estoy bien.
—Bueno, nadie podría negarlo. Somos dos gotas de agua, ¿no Ofelia? —dijo abrazando a su mujer.
—Ummm —respondió ella.
Durante diez minutos, Saúl le reclamó por los dieciséis años de olvido, pero su padre diestramente soltó una hemorragia de argumentos convirtiendo cada acusación en difamación. Luego sentenció:
—Tu madre no era mujer para matrimonio.
—Eso no está en discusión —replicó Saúl, indignado.
Minutos después, su padre le pidió calmar la tempestad. Le hizo saber que padecía de un cáncer que —según él— Dios le había alojado en el recto. Pese a la confesión, Saúl permaneció imperturbable.
Sin embargo, los días fueron amainando las aguas y su padre conquistó la confianza de Saúl. Para demostrárselo le enseñó su estudio privado, donde hacía mucho no ingresaban el sol ni el polvo, tampoco los litigantes. Luego le entregó las llaves para que entrara el día que quiera y así conozca sus medallas y condecoraciones cuando lo nombraron ministro. Al día siguiente, a la hora de andar revisando, observó que detrás de los quince diccionarios, había una caja dorada del tamaño del puño de un bebé. Al abrirlo apareció un escudo de metal conteniendo una doble S. Cogió el cofrecillo con la punta de los dedos, lo puso sobre el escritorio y espantó el polvo de un soplo. Se acomodó frente a él con ojos escrutadores y empezó a investigar los signos. Para su bien, el estudio estaba habitado solo por arañas y un sonidito huérfano del reloj que por momentos moría al crecer sus latidos en el corazón. Guardó la cajita en el bolsillo y, cuando se aprestaba a cerrar la puerta, se encontró con los ojos de su padre.
—¿Qué intentabas hacer? —le interrogó.
Con ingenuidad, tartamudeó y le explicó que le había llamado la atención ese objeto.
—No lo tomes a mal, papá.
—Si quieres saber mis secretos solo tienes que leer los periódicos que están sobre el sofá —explicó su padre.
Saúl depositó violentamente el cofre en sus manos y levantó la voz:
—Ya los vi. Por eso te ocultaste en la selva. Sé que la policía algún día dará contigo— y agregó tras una pausa—: Nunca debí llevar tu apellido.
—De eso culpa a tu madre.
Su padre encendió un cigarrillo y se sentó, ignorándolo.
—Si te fijas bien, este no es un escudo común.
Saúl guardaba silencio.
—¿Cómo llegó a tu poder?
—Me lo regaló un exiliado nazi —sonrió con desgano—. Era otro que andaba huyendo por haber pertenecido al Escuadrón de Protección de Hitler. Lo alojé por un tiempo. Aún conservo sus gafas y una carta fechada hace seis meses. Ahora es ciudadano brasileño, gracias a un amigo en migraciones.
—¿Encubriste a un criminal? —le reprochó Saúl.
—Solo fui un buen samaritano para Damián Holstein.
Después de discutir durante horas, terminaron por la madrugada haciendo las paces.
—Solo por curiosidad, ¿cuánto costaría este escudo si quisieras venderlo? —preguntó Saúl, bostezando.
—No menos de cinco mil dólares.
Emocionado cerró los ojos y se soñó sepultando sus deudas y viajando por Arabia. Su padre, que leyó algo en ese rostro acongojado, habló fríamente:
— Es tuyo, y sé que a partir de hoy cumplirá un rol en nuestras vidas.
—¿Me lo estás regalando?
—Tómalo como una compensación.
Saúl lo abrazó y, por primera vez, le dio un beso en la frente. Su padre hizo lo mismo y no despegó su pecho durante varios segundos reafirmándole en cada caricia que no era tarde para recuperar el tiempo perdido. Sellando el pacto con otro abrazo, Saúl juró sigilo y prometió regresar el próximo año.
Al llegar a casa, más alegre y dicharachero, retornó a las cantinas ufanándose de tener un padre y una fortuna. Tanto corrió la noticia por el pueblo, que una tarde un anticuario, llegado de la capital, se presentó ante él.
—No te preocupes —decía—, no es mi costumbre delatar a nadie. —Solo muéstramelo y si te animas hacemos negocio.
—No tengo intenciones de venderlo —respondió Saúl, con acento poco convincente.
—¿Acaso dije lo contrario?
Al día siguiente el anticuario esperaba en un bar cerca a la plazoleta Alvariño. Al llegar con la cajita, se sentó mirando con desconfianza a las vigas del techo y, casi sin respiración, la entregó mientras sorbía el primer trago.
El anticuario abrió la caja cuidadosamente, pasó la yema de los dedos durante unos segundos por las jorobas de las SS, y haciendo una mueca, hizo tronar una carcajada lapidaria:
—Este no es ningún escudo nazi —dijo mutando la risa en enojo—. Es la marca de una de las primeras motos japonesas que llegaron al Perú. Se llamaban Suzoko Sezeta. De ahí las SS. Y dándole una palmada en el hombro, desapareció sin pagar las cervezas.
Saúl, volvió a observar el objeto y vio cómo los cinco mil dólares se diluían entre sus manos. Al salir del bar, tomó una de las calles más solitarias del pueblo y al ingresar a un campo escoltado de eucaliptos, le llegaron los recuerdos de la oficina de Oxapampa, la biblioteca y aquel abrazo redentor. De pronto, se detuvo ante un abismo para contemplar las estrellas. Pero esta vez, al intentar acariciar las SS, descubrió para su decepción, dos rostros como dos gotas de agua, y comprendiendo que el escudo había cumplido su rol, apuntó al vacío y lo lanzó como queriendo arrancarse el alma desde las vísceras.


Héctor Meza Parra



Nació en Jauja en 1963. Estudió en la Universidad Marcelino Champagnat, Lengua y Literatura. Ha sido considerado en La antología poética-biográfica de celebridades del Siglo XX por el Dr. Karl R. Bernard, en EE.UU. En 1999, obtuvo el primer puesto en un importante certamen por su libro de cuentos “Emboscada”, otorgándosele “El Libro de Oro”. 
En 2010, publica cuentos en la Colección “Ojos de Búho” que comprende cinco tomos. Luego, colabora para la revista “Variedades” del diario El Peruano. En 2012, publica su primera novela “Los mataperros”, y más tarde la Municipalidad Provincial de Jauja lo declara “Hijo Ilustre”. 

La invención de Martin Scorsese


Roberto Loayza Cárdenas



Bodrios como “Crepúsculo” han provocado que muchos “conocedores” defenestren todo lo que provenga de Hollywood, cosa por demás injusta si tenemos en cuenta a grandes artesanos como Martin Scorsese que hoy cumple 70 años.
Junto a Woody Allen, el director neoyorquino más querido en la historia del cine moderno, “Marty” fue criado con fuertes convicciones religiosas, incluso se dice que abdicó de ser un cura al ver algunas cintas de George Stevens, Wyler y Hitchcock. Solía pasar en la iglesia y el cine sus alegres días infantiles en Little Italy, y son justamente estas dos influencias, la eclesial y la italoamericana, las que formarían parte de lo mejor de su obra.
Fue a fines de los 60 cuando empezó a trabajar en sus primeras producciones, e hizo amistad con dos de sus incondicionales: Harvey Keitel y Robert De Niro, a quienes transformó en Charlie y Johnny Boy, respectivamente, en su genial retrato barrial “Calles peligrosas”.
Eran buenos tiempos para el cine, muchos de los más grandes directores de las últimas décadas labraban su prestigio en ese entonces, De Palma, Coppola, Allen, Spielberg y muchos otros.
Como Travis Bickle, Jake La Motta y Rupert Pumpkin, De Niro se convirtió en su primer actor fetiche y juntos entregaron obras maestras indiscutibles como “Taxi Driver”, o “El toro salvaje”, considerada por muchos como la mejor cinta de los años 80. Increíblemente, la Academia preferiría a la sentimentalona “Gente ordinaria” de Robert Redford para su premio dorado. Tremenda injusticia que se repetiría diez años después.
A fines de la década, Scorsese remecería los cimientos del catolicismo con la puesta en escena del libro de Nikos Kazantzakis, “La última tentación de Cristo”, provocando las iras destempladas de una iglesia católica cada vez más reseca.
En 1990, el tándem Scorsese - De Niro presentaría su obra más pulida y memorable, “Buenos Muchachos”, tres décadas de historia de la mafia en la ascensión y caída de Henry Hill (Ray Liotta). La película es, sin duda, una de las mejores que se hayan hecho en la historia. Imposible olvidar a Tommy DeVito en la chirriante y premiada caracterización de Joe Pesci, actor que solo Scorsese pudo aprovechar al máximo.
La Academia, sin embargo, prefirió al demagógico debut de Kevin Costner tras las cámaras, “Danza Con Lobos”, el error más grande de los señores de Wilshire Boulevard, cuartel general de los “Oscar”.
Su unión con De Niro dio para dos cintas más, el remake “Cabo de miedo” y “Casino”. Ya en el nuevo milenio nos encontramos con otro feliz descubrimiento del director: Leonardo Di Caprio, el joven actor de California, que había demostrado potencial en “¿A quien ama Gilbert Grape”  y había roto millones de corazones en “Titanic”, es considerado como uno de los mejores actores de la actualidad gracias a Scorsese. “Pandillas de Nueva York”, “El Aviador”, “Infiltrados” —el único Oscar a mejor película de Marty— y “La isla siniestra” dan fe de ello.
La adorable y genial “Hugo” es lo último que se vio en la pantalla de este genio, y esperamos con ansias “The Wolf Of Wall Street”, otra vez con Di Caprio que se estrenará el próximo año.
Es también de resaltar el enciclopédico conocimiento musical del director al momento de armar sus soundtracks, y dirigiendo magníficos documentales de The Band, Ella Fitzgerald, Bob Dylan, The Rolling Stones y George Harrison.
Durante 444 ediciones el suplemento “Solo 4” se ha preocupado por brindar críticas certeras en medio de una realidad en la que ver cine de calidad en nuestra ciudad, de alguna manera, se ha convertido en casi una epopeya homérica. Virtud del columnista y gran amigo, Jorge Jaime, quien con “Un mundo perfecto” encuentra en nuestra alicaída cartelera motivos suficientes para seguir amando el séptimo arte.

También tengo artículos fotocopiados


Jhony Carhuallanqui



La primera vez que leí “Solo 4” me encontraba en Tarma, desarrollando un módulo de Realidad Nacional para un grupo de docentes. Analizábamos el impacto social de la elección del demócrata Barack Obama en EE.UU. y el rol de la fiscalía tras la entrega de Rómulo León (Caso Petroaudios). En el plano cultural comentábamos la denuncia por plagio a Woody Allen por “Vicky, Cristina y Barcelona”, mientras lamentábamos también la muerte de Yma Sumac y Zenobio Dagha.
De pronto me percaté que uno de los docentes —con el afán de niño con juguete nuevo—, revolvía prolijamente una serie de fotocopias. Incómodo, le increpé sobre su indisciplina en el salón. Decomisé el folder en actitud de reproche y al inspeccionarlo, encontré una colección de artículos periodísticos ordenados temáticamente. Eran del Suplemento Cultural “Solo 4”.
Muchas de las publicaciones eran de Sandro Bossio, de su columna “El buen salvaje”, que tiempo después terminaron en el célebre “Sabatorio”. Retiré del aula al docente y en el pasillo le pedí también que fotocopiara un juego entero de los artículos para mí.
Recuerdo que la columna que llamó más mi atención fue la de Frankeinstein, “Moderna Prometea”, donde se enfatizaba que ese no era el nombre del monstruo, sino, de su creador. “Wojtyla poeta”, “Para comerte mejor” y  “La difusa fundación de Huancayo”, fueron temas que nutrieron la tarde, dejando de lado una práctica temática previamente organizada.
Al día siguiente —15 de noviembre de 2008—, lo primero que hice fue ir buscar el suplemento. Su portada titulaba “El Silencio de un Maestro”, que se refería a Zenobio Dagha. Entre líneas, se cuestionaba la desidia que este gran maestro tuvo que soportar en vida. Aún guardo ese ejemplar, pues ahí empezó mi colección que lleva ya un segundo archivador. Aún no me perdono el haberle sido esquivo por tanto tiempo a tan insigne publicación.
Son nueve años que este medio ha sido el verdugo de la ignorancia en la región, contrarrestando la indiferencia, la inoperancia y el conformismo que carcome nuestra cultura. Su diversidad temática ha hecho posible una tribuna donde se articula y proyecta la cultura en todas sus dimensiones, y por ello estoy convencido que existen muchas personas que fotocopian sus páginas.
El trabajo iniciado por Fernando Rojas, seguido de Edvan Ríos, por Jaime Bravo, continuado después por Juan Carlos Suárez y ahora por Luis Puente de la Vega, debe continuar, pues “Solo 4” es ya una necesidad vital. Si tan solo una persona recorta, resalta, subraya, colecciona o explica uno de sus artículos, ya existe el motivo para seguir adelante.
Muchos nos hemos deleitado del estilo virtuoso de Josué Sánchez en su columna “Desde el Atelier”, y gracias a los peritajes psico–sociales de Jorge Jaime en “Un Mundo Perfecto”, entendemos mejor la dinámica cinematográfica. Qué mejor que “Deslecturas” de Juan Carlos Suárez para desarticular un libro y analizarlo por ejes temáticos que nos darán otra visión de la obra en conjunto.
Leer a Diana Casas, Enrique Ortíz Palacios, María Teresa Zúñiga, Carlos Villanes, José Oregón, Isabel Córdova Rosas, Manuel Perales, Pio Altamirano y otros talentosos colaboradores, además del microcuento semanal y “Perfume de mujer”, es un goce intelectual que esperamos no se desvanezca.
Un buen artículo es aquel que te dice algo que deberías saber, y el “mejor artículo” es aquel que te impulsa a saber más del tema, sin ninguna obligación más que la prodigiosa curiosidad. Creo que el valor de “Solo 4”, radica en ambos.
Lo único que podemos decirle, después de 444 ediciones, es gracias.

PERFUME DE MUJER:


Millennium III: La reina en el palacio de las corrientes de aire

Stieg Larsson



Se fue al baño, se lavó la cara, se lavó los dientes y luego se puso unos pantalones cortos y una chaqueta fina de deporte, y salió del apartamento (…) A las nueve y media y estaba de vuelta y constató que Blomvist continuaba durmiendo. Se agachó y le mordió la oreja hasta que él abrió los ojos desconcertado (…) Él le frotó la espalda y le enjabonó los hombros. Y las caderas. Y el vientre. Y los pechos. Y al cabo de un rato, Monica Figuerola ya había perdido completamente el interés por la ducha y se lo llevó de nuevo a la cama.

MICROCUENTO


Sudamérica

Franco Finocchiaro



Mastico los dientes, quiero saber en dónde estoy, mastico, solo algunos quieren escapar del infierno, mastico, con los pocos que somos, engullo, y los dientes se desprenden,  y eso me causa placer al no morder tu carne, borradores de azúcar, comerse la lengua, estiro la piel, y me relamo, es un edificio muy alto reflejado en el vidrio, soy una fracción, un guiño que despierta, mastico, bienvenido al fin del mundo.