lunes, 24 de diciembre de 2012

PLAN LECTOR N° 4: TRADICIONES ORALES ANDINAS


El amigo de Manuel

Isabel Córdova Rosas

“Niño Manuelito”.
 La madre de Manuel había madrugado para ir al campo a trabajar. Llovía torrencialmente, y desde la casa del niño sólo se divisaba un manto plateado que cubría la aldea.
Chato, su perro, se recostó junto al fogón buscando abrigo, pero de pronto, comenzó a ladrar. Manuel vio que la puerta se abría y apareció un niño que tiritaba y chorreaba por todas partes.
—¿Puedo pasar? Tengo mucho frío —dijo.
Manuel lo acercó hasta el fogón y le hizo sentar en una banca de madera.
—Voy a traerte ropa. La tuya es bonita pero de seda, por eso te has empapado. Felizmente somos del mismo tamaño.
De un viejo baúl, sacó las prendas que su madre le había tejido para que se las pusiera en la fiesta del pueblo. Le ayudó a vestirse.
—Manuel, gracias.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo he adivinado.
—¿Y tú, cómo te llamas?
—A ver si lo adivinas —le respondió el pequeño.
—Luis, José, Víctor… —pronunció una decena de nombres sin lograr acertar— Me rindo. Ya que no quieres darme tu nombre, yo te voy a poner uno: Inti.
—Me gusta —le contestó con una sonrisa.
Después de desayunar, Manuel sacó sus juguetes de arcilla y madera para ponerse a jugar. Entre risas y bromas se pasaron todo el día.
Había cesado de llover y la tarde se adornaba con un hermoso arcoíris que se paseaba por la aldea de lado a lado. El sonido de la trompeta de Justo ascendió por las montañas, y se entretuvo unos instantes en la casa de Manuel. Inti, al ver que oscurecía, no tuvo tiempo de cambiarse y salió corriendo.
—Hasta mañana Manuel —se despidió.
 Cuando Inti llegó a su casa, miró con cautela y al no encontrar peligro, con gran agilidad, se acunó en el regazo de su madre, cubriéndola de mimos.
—¿Dónde has estado mi niño?  Me has tenido preocupada.
—En la casa de mi amigo Manuel. Él tampoco tiene hermanitos con quienes jugar. Me ha prestado su ropa, porque la mía estaba mojada.
—Eres muy pequeño para estar fuera todo el día. El niño sonrió y se quedó dormido.
Julio, el anciano sacristán, hacía todas las noches un repaso por la iglesia. De pronto levantó los ojos y vio al pequeño en los brazos de su madre:
—Madre Mía, ¿por qué permite salir al niño? Mire la traza que lleva, sus zapatos con lodo. Si se entera el señor cura, ni cien avemarías me salvarían —cogió al niño y lo llevó a la sacristía para cambiarlo.
Pasaron los días y los dos niños sacaban a pastar a las ovejas, y disfrutaban jugando con los saltamontes, grillos y mariposas.
Una tarde, Inti se despidió de su amigo y le dijo que se verían en la fiesta del pueblo, que allí conocería a su madre. Con las prisas, dejó una sandalia.
 Llegó la Navidad. Manuel, por primera vez, bajaba al pueblo. Entraron a la iglesia y cuando giró la cabeza, deslumbrado, vio al niño en los brazos de María, su madre.
—¡Mamá, es mi amigo Inti! Nunca me has creído que venía a jugar conmigo —sacó de su macuto la sandalia y se acercó a ponérsela al niño.
—Es Jesús, hijo de la Virgen María —le dijo la madre.
—¡Hola amigo Jesús. Tu mamá es preciosa!
Jesús le sonrió y le hizo una señal para que guardara silencio.
—Amigo, mañana te espero.
El pequeño Jesús asintió, mientras la madre de Manuel lloraba con profunda emoción.

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