lunes, 10 de diciembre de 2012

La cultura del kitsch


Enrique Ortiz Palacios



     Las imágenes en la que una modelo brasileña se fotografía en el desastre del huracán Sandy, que por cierto también afectó a países como Cuba y poco o nada se ha difundido; la histeria y largas colas de un grupo de fanáticas esperando a su grupito de cantantes coreanos; el tipo ése con su desentonado y monótono “Baile del caballo”; o la “brillante” publicidad contra el cáncer de piel, en la que solo se resalta la frivolidad; todo ello es ejemplo del “kitsch”, es decir, de la cultura del mal gusto, que además coincide con las épocas de desintegración de valores.
     Hace unas semanas, les sugerí a mis alumnos de Diseño Gráfico, urgidos de dinero para un proyecto, que fotografiaran a uno de sus compañeros  previamente maquillado de tal manera que sugiriera que estaba muy enfermo, luego que subieran la imagen a Facebook pidiendo una colaboración a tal o cual cuenta bancaria, y esperaran los pingues resultados.
Cuando noté en sus rostros una iluminación, como cuando Colón llegó a las Américas, tuve que decepcionarlos al decirles que eso constituía una inmoralidad y hasta un delito. Además los del entorno fujimorista ya se me habían adelantado a la idea.
Umberto Eco en su libro “Apocalípticos e integrados”, desarrolla de manera más amplia la cultura del “kitsch”, de las masas fácilmente manipulables a través de repetitivos mensajes publicitarios que apelando a recursos simples y vulgares —como el mencionado líneas arriba—, y recurriendo a palabras redundantes o sonidos monótonos, casi primitivos como en el “Baile del caballo”, logran su cometido: consumir, consumir, consumir y para nada pensar.
Se le engaña al consumidor haciéndole creer que cuanto más moderno es el celular que lleva, más cerca está de la gente “bien”, de aquel grupo privilegiado que conversa con Dios. Y ese monstruo llamado publicidad está ahí, husmeando en nuestros lugares más privados, más íntimos, estudiando nuestras carencias, nuestros defectos, y no para tratar de corregirlos sino para aprovecharse de ello. Por eso no es raro escuchar decir a los dueños de Telefónica  que el Perú ya tiene más de treinta millones de celulares, o sea, un celular por cada peruano.
Y ¿cómo combatir la cultura del mal gusto?, si los colegios están preocupados en “preparar” a los muchachos para las universidades, esas universidades en donde ni laboratorios, ni buenas bibliotecas encontramos, donde los profesores repiten, todos al unísono, las clases que ya están en un manual, en un librito o en una separata.
El mal gusto se combate con debates, con intercambio de ideas, con la discusión de lecturas, con la asistencia a un maravilloso espectáculo teatral, pero lamentablemente ni una butaca, ni un local o espacio para la cultura tenemos en esta ciudad, para no retroceder en la escala evolutiva y terminar convertidos en unos elementales cuadrúpedos.

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