sábado, 15 de enero de 2011

Sebastián Rodríguez, pionero de la fotografía en los Andes Centrales


Luz en la mina

Diego Otero

Entre los años treinta y cuarenta, el huancaíno Sebastián Rodríguez instaló un estudio fotográfico en el pueblo minero de Morococha, a 4500 msnm, y desarrolló una obra que no solo exhibe una singular calidad, sino que nos revela nítidamente las fricciones causadas por los intentos de inserción de una cierta modernidad en la Sierra Central. La exposición “Coraje”, de Sebastián Rodríguez, va en la Casa de la Juventud y la Cultura de Huancayo hasta el 23 de enero.

Todos los días del fotógrafo Sebastián Rodríguez empezaban igual. Tendía el catre en el que dormía –su estudio era también su habitación– y recorría más de media hora, a pie y bajo el clima helado de Morococha, para recoger el agua que utilizaba en el cuarto oscuro. Rodríguez nunca modernizó su estudio, tampoco quiso firmar un contrato con Cerro de Pasco Copper Corporation, la empresa minera que solicitó sus servicios en 1928. Siempre, durante los cuarenta años que trabajó en la zona, se mantuvo como un observador más o menos distante pero cálido, un testigo de vocación al que seguramente el pueblo adoptó como uno de sus personajes queridos.

Los ojos de Fran Antmann

A la muerte del fotógrafo, en 1968, el estudio que había sostenido durante cuarenta años desapareció, y su obra se fue perdiendo y desperdigando. Tuvieron que pasar más de diez años para que alguien se interesara en su particular fotografía. La estadounidense Fran Antmann vino al Perú a fines de los setenta –como muchos de sus colegas fotógrafos, y ahí hay todo un capítulo en la historia de los vínculos centro-periferia– y prácticamente se topó con el trabajo del huancaíno. Ella había estado investigando en la Sierra Central y algunas personas (profesores universitarios, intelectuales) le mencionaron los nombres clave: Morococha y Sebastián Rodríguez.

Rodríguez y una tradición

La importancia de Sebastián Rodríguez no radica únicamente en el innegable valor documental de su fotografía. Es cierto que uno de sus aportes es el registro de un pueblo con características muy peculiares durante un período bastante amplio, lo cual obviamente permite una mirada sobre grupos sociales que no suelen estar visualmente representados en la historia del siglo XX, y sobre todo permite observar esa singular fricción entre un aura de incipiente modernidad y una serie de ecos y prolongaciones de lo tradicional andino. Pero en Rodríguez hay algo más. Un punto de vista sugerente, personal; una mirada que sabe ser compasiva y ser mordaz. En las imágenes aparentemente amables de Sebastián Rodríguez se agazapa una tensión que parece estar a punto de saltar en cualquier momento. Pensemos en la foto del contratista Froilan Vega y sus trabajadores, cuya composición luce casual, espontánea, improvisada, y que en realidad remite a la noción de pirámide social, con una casi matemática división de clases y jerarquías (alrededor del camión) en la que las mujeres campesinas ocupan el escalafón más bajo. O pensemos en aquella serie de retratos de estudio, con el telón de fondo alpino pintado por su hermano Braulio que contrasta violentamente con la hosca aridez del emplazamiento minero, reflejada en cada uno de los rostros. Sebastián Rodríguez había conocido, muy joven, al fotógrafo limeño Luis Ugarte, cuando éste pasó por Huancayo para realizar una comisión. Poco tiempo después se vino con él a Lima, y trabajó como su asistente durante casi diez años. La dificultad de ubicar un espacio laboral en la capital lo condujo a Morococha. Rodríguez se casó y fundó una familia, que se instaló en Huancayo, pero nunca dejó el pueblo minero. Se quedó en Morochoca cuarenta años, tomando fotos, y ahí murió.

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