lunes, 11 de octubre de 2010

Especial Vargas Llosa: El condiscípulo Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa pasó un año en el Colegio Militar Leoncio Prado, donde fue compañero de carpeta de César Espinoza Sueldo. A continuación, una crónica a partir de este testimonio sobre ese alumno, el cadete Vargas Llosa, cuando todavía lo era, claro.

Habían estudiado juntos. Al inicio, cuando acababan de iniciar el año escolar, debían quedarse en el colegio, en la cuadra todo el tiempo, aún los fines de semana, en que todos se marchaban a casa.
“Los sábados y domingos no salíamos a la calle”, explica César Espinoza Sueldo. “Nos quedábamos en las cuadras porque no teníamos a donde ir. Los domingos, después del almuerzo, nos poníamos a conversar”.
Corría 1950, y el recientemente fundado colegio militar Leoncio Prado era un lugar a donde muchos padres enviaban a sus hijos para “terminar de convertirse en hombres”, de la mano de la estricta educación militar. Por su naturaleza, esta institución había incorporado modernas metodologías para la educación, por lo que llegaban estudiantes de todo el país, y de todas las clases sociales.
Fue ahí que coincidieron César Espinosa Sueldo, huancaíno, y Mario Vargas Llosa, cuyo padre, recién reconciliado con la madre tras largos años de ausencia, estimaba que el hijo no era lo “suficientemente hombre” y por eso lo sacó del exclusivo colegio La Salle de Lima y lo inscribió en el Leoncio Prado. Esas vivencias servirían años después a Vargas Llosa para la novela “La ciudad y los perros”, que está escrita en clave de ficción, pero con aliento autobiográfico: “hay cosas que se exageran un poco en ‘La ciudad y los perros’, incluso algunas que no se produjeron, como la muerte del Esclavo”, señala Espinosa Sueldo.
Una de las anécdotas más resaltantes —en la novela y en sus recuerdos— es el bautizo de los perros, donde los cadetes les ordenaban a pelearse entre sí, a “nadar” sobre el polvo del estadio, o a “calificar” la intensidad de los golpes que recibían. Todos pasaron por ello, unos más que otros. “Mario era un tipo muy apuesto, de muchas cualidades, y los demás muchachos, los del norte por ejemplo, como Javier Silva Ruete, lo protegían, y por eso no debió soportar lo que los demás sufrimos”.
El bautizo, explica Espinosa Sueldo, era una costumbre muy castrense, institucionalizada tácitamente, pues “los que ingresábamos al colegio éramos los perros; los que estaban en cuarto eran los cadetes, y los de quinto eran los técnicos, los que mandaban”.

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Me cuenta la destinataria que cuando leía la carta
se ponía a llorar, pero no sabía que no eran
mis frases, mis palabras, sino las de Mario.
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Un episodio célebre es el de las cartas amorosas que Mario Vargas Llosa escribía a pedido para sus colegas, sin cobrarles nada. “Era tan gentil que, incluso, cuando yo le daba la oportunidad de escribir algo, él hacía mis cartas amorosas”, sonríe Espinosa Sueldo. “Me cuenta la destinataria que cuando leía la carta se ponía a llorar, pero no sabía que no eran mis frases, mis palabras, sino las de Mario”.
Todas las noches, a partir de las 9, se tocaba el silencio en el colegio, recuerda, “pero Mario salía de la cuadra y con la luz del baño se ponía a leer, porque era muy asiduo a la lectura. En ocasiones leía bajo el poste del parque, de noche, para aprovechar la luz artificial”.
“Había un lugar llamado ‘La perla’”, sigue contando, “adonde solíamos ir los jóvenes a hacer juegos de envite o a poner de manifiesto nuestras potencialidades en el box. Pero a Mario nunca lo vi en esas lides. Él era un muchacho muy serio, tenía una mirada muy penetrante, y pasaba mucho tiempo observando a sus compañeros”.
Algunos hechos presentes en la novela que no distan mucho de la realidad son, por ejemplo, un muchacho alto, de quinto, muy soberbio, que gustaba maltratar a los indefensos, y quería imponer la disciplina en base a su fuerza: era el Jaguar.
Una vez, cuenta, acompañó a algunos muchachos que tiraban “contra” (se escapaban del colegio arriesgando su vida sobre los acantilados) “e iban a jaranearse al Callao. Pero Mario no, él era muy disciplinado, no era de los que participaban en esas palomilladas”.
A Mario Vargas Llosa, sonríe Espinosa Sueldo conmovido, “tendría que decirle que nuestro país le agradece por haber puesto muy en alto el nombre del Perú. Y tus colegas del Leoncio Prado, Mario, nos sentimos muy orgullosos de ti”.





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