sábado, 30 de octubre de 2010

Cítrica crítica: Arte para no morirnos de hambre

Javier Arévalo
Ninguna obra del magnífico Miguel Ángel, que pintó la Capilla Sixtina, fue realizada sin que de por medio hubiese un contrato. Por el contrario, todos los cuadros que creó Vincent Van Gogh fueron resultado de su pura necesidad de expresarse, sin que mediara transacción alguna. Es más, en vida jamás accedió al reconocimiento de su trabajo y quizá vendió solo dos cuadros cuando todavía respiraba. Pero muchos años después, por una pintura suya pagarían por encima de los 50 millones de dólares. Le hubiera caído bien el billete: Vang Gogh, para sobrevivir a su infortunio, pedía café y pan a crédito.
Mi hijo es músico. En sus primeras clases en la universidad, una profesora pidió que escribieran tres frases —dos debían ser falsas— que debían ser leídas en voz alta para que los alumnos identificaran cuál era la única frase verdadera. Mi hijo escribió: “Cuando decidí ser músico, mi familia se opuso” y luego añadió dos frases más.
Que un pintor, un músico o un actor se van a morir de
hambre, a lo mejor viene de la mítica imagen creada
por artistas como Vang Gogh o Edgard Allan Poe.

Era un salón repleto de adolescentes que hacían sus primeros cursos generales. Los chicos pertenecían a diferentes carreras. La gran mayoría identificó esta frase como la verdadera y las otras dos como falsas. A mi hijo no lo sorprendió; constató la mala actitud que existe entre los adultos peruanos, y replicada en la mente de sus hijos, hacia el cultivo de las artes.
La idea de que un pintor, un músico o un actor se van a morir de hambre, a lo mejor viene de la mítica imagen creada por artistas como Vang Gogh o Edgard Allan Poe: uno era esquizofrénico, el otro alcohólico, sus vidas, algo desgraciadas, salvadas solo por el arte que les dio felicidad, no fueron destruidas por la práctica del arte, sino por la enfermedad con la que convivían.
A mí me resulta extraño que en el Perú se asocie la práctica del arte a la pobreza, cuando hay ejemplos de artistas que no solo tienen cuentas bancarias abultadas, sino el cariño y el aprecio de la gente, que tal vez sea a la larga lo más valioso.
Syszlo, Tola, Chávez, Tokeshi, son algunos de los artistas plásticos peruanos cuya obra, reconocida por coleccionistas y la crítica, viven de su trabajo, y viven bien. Escritores como Vargas Llosa o Bryce viajan por el mundo gracias a su obra. Músicos como Gianmarco o Tania Libertad disfrutan de su prestigio.
Lo maravilloso del arte es que la riqueza que crea no solo se traduce en cuentas bancarias personales. Quienes gozamos del arte, entendemos que nos enriquecemos más cada vez que un creador nos entrega su trabajo. Es a partir del arte que entendemos Grecia o Roma, Egipto o el Tawantinsuyo. La vida sin arte es inconcebible. Solo la ignorancia puede crear un clima donde practicarla es una forma de desperdiciar una vida. Niños brillantes que dibujan, cantan, bailan, escriben, existen por miles en las escuelas, tenemos que promoverlos, apoyarlos, incitarlos si queremos gozar de un país no solo conocido por los escombros arquitectónicos de naciones que desaparecieron y que tampoco sabemos cuidar bien; si queremos, en suma, ser una nación contemporánea de todos los hombres.

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